Es la semilla que siembras
Le darás mucho aunque no le des nada más que tu ejemplo.
—Séneca, Consolación a Helvia
Frederick Douglas era un esclavo como otro cualquiera. Recibir y contemplar maltratos era su pan de cada día.
Tenía 17 años cuando se cansó. Tuvo bastante. Se enfrentó a su esclavista Edward Covey. Tras dos horas de ensangrentada pelea, Edward, humillado, dejó a Douglas escapar concediéndole la libertad.
En una época en la que mirar mal a tu esclavista podía significar la muerte, ¿qué impulsó a Frederick Douglas a jugarse la vida contra un maltratador?
La respuesta es una esclava llamada Nelly.
Cuando Douglas era niño vio a esta esclava aferrarse a su dignidad por encima de todo. Nelly estaba siendo fulminantemente golpeada por su esclavista. Ella luchaba con uñas y dientes para que le saliera lo más caro posible a ese cabrón. Aún atada y recibiendo latigazos seguía gritando y maldiciéndole.
“Su piel se desgarraba” diría posteriormente Douglas, “pero su alma nunca había brillado más”.
Nelly había sembrado una semilla en el espíritu de Frederick Douglas.
Hoy, mi queridísimo lector, vamos a tratar dos ideas sobre inspirar y ayudar a los demás.
NO A TRAVÉS DE PALABRAS, SINO DEL EJEMPLO
Si en vez de verla luchar por su dignidad, Nelly le hubiera dicho simplemente “Douglas, debes luchar por tu dignidad”, ¿crees que hubiera tenido el mismo efecto sobre él?
Está claro que no.
La mejor manera de inspirar a la gente (quizá la única), es a través del ejemplo. Porque entonces no son palabras lo que muestras, sino pruebas. La gente solo creerá la teoría cuando vea la práctica.
Y si estás bien encaminado, tu práctica será rebosante de teoría.
«No digas nunca que eres un filósofo ni te pongas a hablar ante ignorantes sobre los principios que sustentas» nos aconseja Epicteto en su Manual, «limítate a actuar conforme a dichos principios».
En otras palabras, no expliques tu filosofía, vívela.
Es fácil ver cómo la mayoría de la gente ha perdido la esperanza de una vida mejor. ¿Cómo van a saber de la buena vida si por todos lados hay personas hablando de que existe pero nadie se la muestra?
El arte del buen vivir es contagioso, pero no es a través de palabras que se propaga.
Debemos consolidarnos en este mantra; acta non verba. Acciones no palabras.
Pero a veces fallamos. Nos entusiasma nuestro avance. Queremos que la gente avance igual que nosotros. Creemos que eso es ayudar.
Esa tendencia a dar consejos de vida cuando no te lo han pedido es un síntoma de que te queda mucho por crecer.
Una vez te vean vivir te pedirán consejo. Y es únicamente ahí cuando debes hablar.
UNA FORMA ELEVADA DE AMOR
Amor fraternal. Amor entre iguales.
¿En qué momento hemos perdido ese sentido de unidad?
Cada uno camina solo, sin preocuparse por el de al lado, poniendo el foco únicamente sobre sí mismo. “Mis problemas son más importantes que tú”, “ya tengo bastante con mis asuntos como para preocuparme por los de otro”, son pensamientos que se articulan en nuestro subconsciente.
Uno de los pilares del estoicismo es la virtud cardinal de la justicia. Se basa en la búsqueda del bien común, de la comprensión de nuestro papel entre la gente, de la conciencia de una unidad superior a la suma de cada individuo aislado.
Los estoicos se esforzaban en recordarnos que somos parte de «la misma partícula de la divinidad».
Homo sacra res homini. «El hombre es cosa sagrada para el hombre» escribió Séneca.
Ese amor fraternal se consigue amando desde el núcleo hasta el núcleo. Es decir, amando desde (y hacia) aquello que nos iguala a todos, la esencia humana.
Para ello debemos olvidarnos de lo superficial. Las inclinaciones políticas, el talento de cada uno, su posición social; todo ello es irrelevante.
El amor del sabio es como la lluvia; impregna indiscriminadamente. Empapa las almas sin tener en cuenta qué les rodea.
En el plano material no es rico quien tiene mucho sino quien da mucho. Pues por mucha riqueza que uno posea, si teme perderla, es entonces paupérrimo.
En lo que nos concierne sucede igual. Es rico de sí mismo («dueño de sí mismo» diría Séneca) quien da de sí mismo. ¿Por qué? Porque da de lo más preciado que tiene; de su propia vida, de su ser.
Una forma elevada de amar. Una de las favoritas del sabio.
No hay mayor símbolo de madurez que comenzar a preocuparte por algo o alguien más que tú mismo.
Es entonces cuando aprendes a no irritarte con la gente, a respetarla, a amarla. Es cuando, incluso, te sacrificas por ella. Y serías el orgullo de los estoicos si te sacrificaras por el bien común.
Querido lector, siento haberme ausentado el lunes pasado. Espero que te haya gustado la meditación de hoy. Consérvate bueno.