La bendición de la muerte

Morte contempta redi
(desprecié a la muerte y regresé).

—Séneca

Son las 4 de la mañana. Tras un trágico accidente hace unas horas atrás, estás agonizando en la camilla de un hospital. Todos tus seres queridos ya están aquí, se han reunido contigo lo más pronto que han podido.

Admiras el cariño que te tienen, se te parte el corazón al verlos derrumbarse, pero no puedes esbozar ni una sola palabra por todos los tubos que tienes en la cara. Solo puedes mirarles con los ojos vidriosos y sollozar. Deseas decirles lo mucho que les quieres, que los aprecias y que lo sientes por tenerte que ver en este estado, pero no puedes hablarles más que con la mirada.

De pronto recuerdas todo lo que te hubiera gustado hacer. Piensas, ojalá hubiera dejado ese trabajo de mierda. Ojalá me hubiera atrevido con ese proyecto que me hubiera cambiado la vida. Ojalá le hubiera dicho lo mucho que le quería antes de que se fuera. Ojalá hubiera hecho todo esto con mi madre, con mi padre, con mi hijo… y así la lista sigue y sigue.

Tu situación es tan crítica que el médico avisa a tus seres queridos de que es hora de despedirse. Poco después, has muerto.

~

¡Querido lector! Si estás leyendo esto, seguramente no te haya pasado nada de lo que he dicho. Hoy, después de una tenebrosa introducción, trataremos dos ideas sobre valorar nuestra vida a través de la muerte.

LA MAYOR ENFERMEDAD

Hace unos días atrás, mientras trabajaba con desgana, pensé para mí “si un médico te dijera que vas a morir dentro de poco, no estarías trabajando así de mal”. Inmediatamente me di cuenta de lo que había pasado; me creía inmortal. Creía que sin ninguna enfermedad terminal tenía garantizado vivir mañana.

Ahí reside el problema. Es de la falta de conciencia de la propia mortalidad de donde surgen la procrastinación, la falta de disciplina y propósito, la pereza, la ira y, por supuesto, el miedo.

En las Meditaciones de Marco Aurelio es fácil abrir cualquier página y encontrar un recordatorio sobre la muerte.

Podrías salir de la vida en este mismo instante. Deja que eso determine lo que dices, haces o piensas.

¿Por qué esa insistencia en recordar algo tan lúgubre como la muerte?

Piénsalo por un momento. ¿Dejarías para mañana algo importante para ti sabiendo que no pasarás de hoy?

¡No!

Hoy harías lo que tienes que hacer. Hoy abrazarías con mayor fuerza que nunca. Hoy no te enfadarías con nadie. No dejarías que nadie te robase ni un solo minuto de tu valioso tiempo, aún menos dejarías que alguien te inquiete la mente.

Es por eso que el emperador decía que «hay que ejecutar cada acción como la última de la vida». ¿Por qué? Porque una persona moribunda no puede permitirse no entregarse al completo en cada cosa que haga. No puede conformarse con amar menos de lo que puede. No puede permitirse desperdiciar un solo segundo de su vida.

Y en realidad, nosotros tampoco podemos.

Reclamando que le dijeran cosas útiles para vida, Séneca escribió:​

Dime cuando voy a dormir: “puede que no despiertes”; dime cuando estoy despierto: “puede que no vuelvas a dormir”; dime cuando salgo: “puede que no vuelvas”; dime cuando vuelvo: “puede que no salgas más”.

La muerte observa y consume cada uno de nuestros pasos.

Darnos cuenta de ello nos hará apreciar, como nunca antes, nuestra vida. Dotará de propósito cada uno de nuestros días, que ya no los tomaremos como garantizados, sino como lo que realmente son; un regalo.

EL MAYOR REMEDIO

Vida y muerte.

Dos caras de la misma moneda. Temerle a la muerte significa inevitablemente temerle a la vida.

Séneca nos da el mayor remedio para vivir una buena vida:

Lo que te prescribo es un remedio no solo para este mal, sino para todos los de la vida: el menosprecio de la muerte. Cuando le hemos perdido el miedo, no hay tristeza posible.

Después de asimilar nuestra mortalidad, darnos cuenta de los frágiles que somos y de respetar la muerte, nos queda el siguiente paso; despreciarla.

¿Qué hizo a Sócrates —admirado por los estoicos— el mayor filósofo de todos los tiempos? Su menosprecio de la muerte.

En su celda, al tomar la cicuta estaba tan relajado como un día cualquiera. Sus amigos y familiares estaban más preocupados de su muerte que el propio Sócrates. Él, tranquilo, disfrutaba de sus últimas conversaciones. No le preocupaba la muerte, al contrario, la veía como algo natural.

Y es que en realidad lo es. Marco Aurelio también lo define así

¿Qué es la muerte? Que, si la miras a ella exclusivamente, quitándole todos los fantasmas que la recubren, no se verá otra cosa que una obra de la naturaleza.

¿Acaso temes que salga el sol por la mañana? Entonces, ¿por qué temes la muerte, algo igual de natural?

¿Lloras porque caen las hojas en otoño? Apuesto que no. Entonces ¿por qué lloras al pensar en tu muerte?

¿Consideras la muerte un mal? ¿Por qué sería un mal el último de los males?

Para el sabio, todo lo que forma parte de la vida es algo bello, incluso la muerte.

~

Querido lector, terminando la meditación de hoy, solo quiero recordarte que la muerte nos pisará los pies hasta que aprendamos a bailar con ella. Consérvate bueno.

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