La taza de té vacía

Cada noche volcaba su taza. Cada mañana la ponía boca arriba. Era su hábito mejor forjado. Un día, un intrigado aprendiz se acercó y le preguntó «maestro, ¿cuál es el motivo de esta práctica?». El monje respondió que cada noche vaciaba simbólicamente la taza de su vida, y cada mañana la llenaba con el obsequio de un nuevo día. «La finalidad» le dijo «no es otra que aceptar mi mortalidad para apreciar mi vida».

Quizá Séneca era una de las mejores personas para hablarnos sobre la muerte, enfermo crónico de los pulmones, cada era un recordatorio de que la muerte le esperaba detrás de la esquina. En una de sus cartas, hablaba de esta misma práctica; la de terminar cada día terminando también nuestra vida: «Dispongamos» decía «de cada uno de los días como si acabara y completase la vida», porque esta sencilla práctica nos trae de nuevo al mundo real en el cual, aunque queramos ignorarlo, tenemos una vida frágil y breve. Memento Mori era el lema de los clásicos. Tener esto presente, si lo enfocamos bien, nos ayudará a vivir mejor. Dime ¿cuántas mañanas no te has despertado maldiciendo la vida, quejándote de tus pesares y tu falta de ánimo? Si recibiéramos el regalo de la vida cómo hemos de hacerlo despertaríamos cada día agradeciendo la fortuna que es vivir un día más; y no existe persona que sea infeliz mientras sea agradecida. «Es afortunado, seguro de sí mismo aquel que cada día se dice: “he vivido”; pues cada día se levantará con un regalo» nos recuerda Séneca.

Al salir de tu casa, nadie te asegura que vayas a volver, al dormir nada te asegura que puedas despertar. Y al final de tu vida harías cualquier cosa del mundo, darías lo que fuese, para tener solo un minuto más de este momento, para tener solo un abrazo más, solo un beso más, solo una conversación más. Ahora tienes la oportunidad, aprovéchala. Consérvate bueno.

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