Mientras estuve en la cima
Mientras estuve en la cima, mi miedo no tenía fin; estaba incluso atemorizado por mi propia espada. Qué bien tan grande es no estorbar a nadie, comer tranquilo la cena tumbado en la tierra.
—Séneca, Tiestes 450
El joven Napoleón Bonaparte necesitaba dinero. Vivía en Valence y al llegar su hermano, apenas reunían 85 francos entre ambos. La Academia de Lyon ofrecía un premio de mil doscientos francos a un ensayo “sobre las verdaderas y sentimientos que más conviene inculcar a los hombres para su felicidad”. El futuro conquistador vio su oportunidad. En su ensayo escribió: “El hombre ambicioso, de tez pálida, de reír sardónico, comete crímenes y recurre a la intriga. Cuando llega al poder, los homenajes de la muchedumbre le fatigan. Los grandes ambiciosos han buscado la felicidad pero han encontrado la gloria”. Él mismo se daría la razón. El gran biógrafo Emil Ludwig diría sobre él que “nadie recordaba haber visto reír a este hombre”.
¿Qué es lo que quieres en realidad? ¿Quieres más fama, más dinero, más logros, más prestigio? Tendrás todo esto si lo persigues, pero a cambio pagarás el precio más caro de todos, tu felicidad; la tranquilidad de tu mente.
No son pocos los que darían la mitad, sino todo lo que ostentan para tener una vida tranquila. Es fácil ver famosos sometidos a operaciones para conservar una “buena imagen”, otros son perseguidos a diario por paparazzis, a muchos les consume su dinero. “¡A cuántos sus riquezas les resulta una pesada carga! ¡A cuántos ha chupado la sangre la obligación diaria de mostrar su talento!” escribió Séneca. Ninguno es dueño de sí mismo, todos ellos deben responder ante alguien. Mientras más tienen, más pueden perder… y más temen perder aquello que poseen.
Aquellos que persiguen enérgicamente la fama y el dinero viven en una insatisfacción constante, no existe límite cuando persigues lo superfluo, no hay meta alcanzable. Su ambición los arrastra, se desviven por ella, y dejan para sí mismos tan solo las sobras de su vida. Se dice que Alejandro Magno lloró por no tener más mundos que conquistar. Ridículo, ¿no? Queremos conquistar tantas cosas ajenas a nosotros sin habernos conquistado primero a nosotros mismos; ni siquiera ser dueño del mundo entero es suficiente cuando no eres dueño de tu ambición.
Aspirar a la buena vida es querer dinero con moderación, la fama no nos es necesaria en absoluto. Desear menos nos hace más libres. Marco Aurelio era el hombre más poderoso y rico de su época. Podía tener todo lo que quisiese y era adulado por todo aquel que le viera, se escribió a sí mismo: “Has comprobado en cuántas cosas anduviste sin rumbo, y no hallaste la vida feliz, ni en la riqueza, ni en la gloria, ni en los placeres.” ¿Quién mejor que él para decirnos que estas cosas no son las que debemos anhelar?
“«Tendrás menos dinero». Sí, y menos preocupación. «Menos prestigio.» Sí, y menos envidia.” escribió Séneca.
A lo largo de la historia actuar virtuosamente ha reportado beneficios, pero no por eso actuaremos con virtud. En el momento en que no dependamos del dinero, ni de la fama, ni de nada ajeno a n